Hace poco más de dos años, la inteligencia artificial era un término reservado para quienes habitaban el ecosistema tecnológico. Hoy, en un parpadeo histórico, se ha convertido en una herramienta de uso cotidiano, casi natural, que permea prácticamente todos los ámbitos profesionales. El mundo legal no ha sido la excepción. La IA llegó para quedarse y su capacidad de complementar nuestro trabajo es innegable. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es si debemos usarla, sino cómo debemos hacerlo.
Noticias recientes han puesto en evidencia el uso indiscriminado o al menos insuficientemente supervisado de herramientas de IA en distintos ámbitos e incluso en firmas de auditoría de alcance global. Estos casos no son anecdóticos: son señales de alerta que nos obligan a someter a escrutinio riguroso lo que las distintas plataformas tecnológicas pueden realmente aportarnos y, sobre todo, dónde se encuentran sus límites.
Pero hay una arista que merece especial atención y que pocas veces se discute con la profundidad necesaria: ¿cómo impactará la IA en la formación de los abogados jóvenes? En el litigio, por ejemplo, el conocimiento no se adquiere únicamente en las aulas ni en los manuales. Se forja en la experiencia directa: en la lectura atenta de un expediente, en la construcción paciente de una estrategia, en el error que enseña más que cualquier algoritmo. Si delegamos todas las etapas formativas a una máquina en nombre de la eficiencia, ¿qué clase de formación profesional generaría?
Vivimos en un mundo obsesionado con eliminar pasos, acortar tiempos y automatizar procesos. Esa lógica funciona muy bien en ciertos sectores o procesos productivos, pero el litigio es, por naturaleza, un ejercicio profundamente humano. Requiere empatía para entender al cliente, intuición para leer el contexto, y juicio crítico para tomar decisiones en escenarios de incertidumbre. En la actualidad, difícilmente estas competencias puede ser suplantada por un modelo de lenguaje, por sofisticado que sea.
Por eso, esta reflexión no se basa en una visión tecnofóbica sino todo lo contrario: necesitamos humanizar la inteligencia artificial. Humanizar no en términos técnicos sino en términos pragmáticos, buscando incorporarla como aliada sin renunciar al pensamiento crítico, sin abdicar de la supervisión profesional y sin sacrificar el proceso formativo de quienes vienen detrás. Entendiendo que la IA es un medio, nunca un fin.
¿Cómo lograrlo en la práctica?, eso depende mucho del enfoque de cada organización. Sin embargo, algunas alternativas podrían ser, por ejemplo, a) preservar las etapas formativas críticas: que los abogados junior sigan redactando escritos, analizando expedientes y construyendo estrategias de manera directa o mixta, utilizando la IA solo como herramienta de verificación posterior, no como atajo inicial; b) implementar programas de mentoría estructurada donde el abogado senior supervise no solo el producto final, sino el proceso de razonamiento del abogado en formación, asegurando que la tecnología no reemplace el diálogo formativo; c) fomentar la exposición temprana a audiencias y diligencias presenciales, espacios donde la oralidad, la capacidad de reacción y la lectura del entorno no pueden ser delegadas a ningún algoritmo; d) participación en reuniones con clientes y apoyo en las estrategias que tienen los clientes como parte de su negocio.
El ser humano vive en constante contradicción. Queremos velocidad, pero también profundidad. Queremos eficiencia, pero también calidad. El verdadero desafío no reside en adoptar la tecnología, pues eso ya está ocurriendo, sino en hacerlo sin perder aquello que nos define como profesionales: nuestro criterio, nuestra experiencia y nuestra humanidad. La inteligencia artificial es necesaria. Humanizarla en términos prácticos imprescindible.