La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año, la depresión y la ansiedad provocan la pérdida de miles de millones de jornadas laborales, con un impacto económico cercano al billón de dólares. Sin embargo, más allá de las cifras, el silencio sobre la salud mental persiste, ya sea por vergüenza, estigma o desconocimiento. Aun así, su importancia obliga no sólo a analizar su impacto, sino también a repensar cómo equilibrar las obligaciones empresariales con las responsabilidades individuales para prevenir los riesgos, intervenir a tiempo y construir entornos sostenibles.
En las normas sobre seguridad y salud en el trabajo, el empleador asume deberes muy claros: identificar peligros, evaluar y controlar riesgos, realizar exámenes médicos ocupacionales, implementar monitoreos de factores psicosociales, capacitar al personal y promover la prevención. Estas obligaciones, todas imprescindibles, tienen límites éticos y legales -la privacidad, la intimidad y el secreto médico- que protegen al trabajador y condicionan la capacidad de acción de la empresa. A diferencia de una lesión física, la ansiedad, el agotamiento o la depresión no siempre se ven. Y sin información oportuna, la intervención es difícil.
Por eso, el papel de la empresa no es clínico ni terapéutico, no es un sustituto del Estado ni del sistema de salud. Su papel es preventivo y de apoyo organizacional. Su responsabilidad es crear una arquitectura de seguridad psicológica: protocolos claros, canales de confianza y una cultura que permita hablar sin miedo a represalias. No basta con buenas intenciones; se necesitan estructuras que sostengan el bienestar emocional como parte de la gestión organizacional.
Pero esta prevención sólo funciona si hay corresponsabilidad personal. El trabajador también tiene deberes éticos y prácticos: reconocer señales de alerta en su conducta o rendimiento, priorizar hábitos saludables, utilizar los recursos disponibles e informar -con la debida reserva- cuando una condición mental pueda afectar su desempeño, su seguridad o la de terceros. Este deber de autocuidado no es una carga adicional, es una extensión del mismo principio que aplicamos ante lo físico. Si alguien presenta fiebre alta, no lo ignora; si experimenta insomnio persistente, ataques de pánico o apatía profunda, debe buscar ayuda e informar. Buscar ayuda e informar no es debilidad: es responsabilidad. Y no significa revelar todo el historial clínico. Basta con compartir lo necesario para activar ajustes razonables, flexibilidades temporales o derivaciones a programas de asistencia. Cuando la comunicación es oportuna, la organización puede actuar con claridad, respeto y eficacia.
La salud mental en el trabajo exige, en suma, un doble compromiso. La empresa debe prevenir, proteger y canalizar ayuda dentro de un marco respetuoso de la intimidad. Y el trabajador, por su parte, debe cuidarse, pedir apoyo e informar cuando sea necesario. Solo así -con mutua corresponsabilidad- lo esencial, eso que no siempre se ve pero que sostiene a las personas y a los equipos, se vuelve visible, gestionable y, sobre todo, humano.